
Sábado por la mañana. Dos matrimonios amigos hemos decidido llevar a nuestros hijos a conocer algunos de los monumentos y lugares interesantes de Badajoz. Luce el sol, corre un suave aire muy agradable: la mañana de octubre promete ser muy interesante. Los niños, cinco en total, dos de dos años, uno de cuatro, otro de cinco y el mayor de ocho están muy emocionados. A los tres mayores, en sus colegios, les han hablado de los monumentos de su ciudad: la Alcazaba, la Torre de Espantaperros, la Plaza Alta, la Puerta de Palmas...Por fin va a conocer por su experiencia aquello que sus respectivas seños les han explicado en clase. ¿Qué significa Alcazaba, papá? Me pregunta mi hijo mayor, de cuatro años. Trato de explicarle. Pero lo mejor, le digo, es que la veas por ti mismo, ten un poco de paciencia (ya saben lo que es pedir paciencia a un niño).
Aparcamos los coches en el castillo. Empezamos por asomarnos a la Muralla para contemplar las magníficas vistas que el punto más alto de la ciudad nos ofrece. Hacia el noroeste brilla el Guadiana bajo la luz del sol. Si giras lentamente tu cabeza, hacia la izquierda, puedes ver una panorámica excelente de la ciudad, como un barrido cinematográfico, hasta que tus ojos se posan sobre la Plaza Alta, el antiguo zoco musulmán, restaurada, con la Torre de Espantaperros levantándose al fondo. Más a la izquierda el Museo Arqueológico de Badajoz. Uno de los padres propone: ¿¡y si vamos a visitar el Museo, chicos!? Sí, sí, responden. Están emocionados, todo les parece bien. Pues vamos, a vistarlo...
Craso error.
No sospechamos que una plácida y cultural mañana de sábado se va a estropear de repente. Ignorantes, nos dirigimos a la entrada del Museo. Antes de entrar, una de las madres alecciona a los niños:
- Vamos a entrar en un Museo, ¿vale? Es un sitio donde hay que tener cuidado, no se pueden tocar las cosas que hay expuestas, no hay que hacer ruido, no hay que correr. ¿De acuerdo?
Los niños asienten con la cabeza, pero están deseando entrar. ¿Qué se van a encontrar allí dentro? En la puerta ya percibimos miradas suspicaces, palabras no muy amables, poca receptividad, pero todo eso está todavía por debajo del nivel de la mala educación. No parecen muy contentos de que dos familias con cinco niños acudan a visitar el Museo. ¿Acaso creen que les vamos a romper una mañana de tranquilidad? Entramos y pasamos al patio de luz, que contiene algunos mosaicos romanos interesantes. Les explicamos a los niños cuál era la técnica que empleaban para confeccionarlos. Pasamos después al interior del edificio y a las distintas salas de exposición. Los cuidadores parecen contener la respiración, ni siquiera intentan disimular con una sonrisa forzada. Pares de ojos de empleados municipales nos siguen a todas partes. Tenemos una extraña sensación que las dos parejas comentaremos después, al salir del Museo. Una incomodidad difusa, una cierta hostilidad. Como si fuéramos juerguistas que se han colado en un acto oficial o en una boda a la que no han sido invitados. Subimos a las diferentes salas. Los niños no están en silencio, es difícil convencerlos, eso por descontado. Somos conscientes de que quizá haya personas a las que no les pueda gustar haber coincidido con nosotros. Es comprensible. Pero hay de todo, claro. Personas que contemplan los diferentes objetos arqueológicos o históricos sin que les importe lo más mínimo que haya dos o tres niños a su alrededor, aquellos que incluso sonríen sinceramente, pues les hacen gracia o son lo suficientemente simpáticos o empáticos como para parecer interesados en ellos. Vamos pasando por las diferentes salas con la inquietante y creciente sensación de que los vigilantes del Museo, no sé si todos pero sí la mayoría, tiene unas ganas enormes de que acabemos la visita y nos larguemos de allí para no volver jamás. Los dos pequeños se nos escapan y salen trotando por el parqué de unas de las salas. Lo que faltaba.
Por un momento me encuentro solo, sin ningún visitante más, en una de las salas, donde contemplo interesado puntas de flechas y otros objetos de la Edad de Piedra. Me empujan por detrás y casi me doy con la cabeza contra una de las vitrinas. Una mujer acaba de pasar detrás de mí. Me ha golpeado por la espalda y ni siquiera se ha dignado a disculparse. Pasa andando hacia el fondo como si yo no estuviera allí, como si fuera una de las estatuas romanas descabezadas de la entrada. Me giro y me doy cuenta que hay un metro y medio de pasillo a mi espalda, lo suficiente como para que aquella señora pasara holgadamente, a pesar de que se trata de una mujer regordeta, entrada en carnes, de amplias caderas.
Salgo de la sala y me reencuentro con el resto de mi familia y amigos. Los niños más pequeños siguen haciendo bastante ruido, tratamos de hacerlos callar. Al menos no tocan nada, en eso sí se han hecho caso al cien por cien. Entonces entra de nuevo la señora en la sala. Me fijo mejor en ella. Tiene el gesto airado, ofendido, cierta displicencia en el rictus de su boca. Camina como una estrella de cine cuyos mejores años mucho tiempo atrás quedaron. Se esconde tras unas gafas de sol oscuras. Por su forma de actuar, casi podría pensarse que el Museo es de su propiedad. Su marido, un tipo espigado, camina detrás, resignado, con la cabeza inclinada bajo el peso de una enorme cámara con teleobjetivo. En un momento dado, la señora hace un gesto teatral, sin dirigirlo a nadie en particular, pero lo suficientemente estudiado como para que nos demos por aludidos.
- ¡¡Por favor, vámonos!! ¡¡Vámonos!! -y hace un gesto con la mano, como si apartara nubes de moscas delante de su cara y desaparece al fondo de la sala, seguida por su marido, al que le ha dado un papel demasiado secundario en su escena cumbre -.
Enseguida, el cuidador de aquella sala se abalanza sobre nosotros (y esto no es una frase hecha, lo juro).
- ¡Ya está bien, hombre! -dice destemplado, exagerando un tanto su personaje-. ¡Estáis echando a la gente del Museo!-.
Nos callamos y nos vamos. Los niños ni se enteran del altercado. Recorremos las salas de nuevo, pero esta vez solo nos fijamos en los carteles de color verde pálido donde dice "SALIDA". Al vernos pasar, una de las cuidadoras nos sonríe, está vez sinceramente. Salimos a la calle, la mañana sigue resplandeciente, todavía nos queda mucho por ver porque vamos a los jardines que hay tras Espantaperros y después a la Puerta de Palmas. Pero tenemos la sensación de que hemos pasado un mal rato, de que una actividad que debería ser lúdica y a la vez provechosa se ha convertido en un mal trago, en una situación desagradable e incómoda. Nos vamos con la incómoda idea de que nos han querdio hacer sentir culpabilidad, como si los niños hubiesen hecho algo muy grave.
¿Estábamos echando a la gente del Museo? Bueno, debo decir que si nos cruzamos con diez visitantes en todo el tiempo que estuvimos allí quizá esté exagerando. Y por supuesto, niños solo vimos a los nuestros. ¿No queremos acercar los Museos a los niños? ¿No queremos que sepan desde pequeños que un Museo puede ser un lugar interesante, donde pueden verse cosas excitantes y a la vez aprender? ¿Aprender disfrutando, que es como realmente se aprende y no se olvida? Así, con esa actitud envarada y solemne, desde luego no lo van a conseguir. Así se expulsa (literalmente) a la gente de los museos, de ciertos museos. Así nos echaron a nosotros para quizá nunca volver.
La foto es de esa misma mañana, un rato antes del altercado. Así estaba una mañana de octubre el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, en los momentos previos a que nuestros niños echaran al numeroso público asistente.